Viernes 19 de Marzo de 2021

NOTA DE OPINION

Un padre está con sus hijos

El amor de un padre por sus hijos y su esposa es capturado en una palabra de tres letras: con. Esto lo vemos en la vida de San José, el padre adoptivo de Jesús. Aunque es mencionado varias veces en los evangelios de Mateo y Marcos, ninguna de sus palabras fue escrita. Lo que importó fue que José estaba allí, presente junto a María y Jesús, siempre dispuesto a escuchar y animarlos, a proteger y proveer.

Cuando los pastores, después de escuchar las noticias alegres que les trajo el ángel, fueron con prisa a Belén, “encontraron a María y a José y el recién nacido en el pesebre” (Lucas 2:16).

Cuando el Rey Herodes “mandó a matar en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años”, (Mateo 2:13), José estaba allí con María y el Niño y, a las palabras del ángel, “se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes” (Mateo 13-15).

Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el nombre que le reveló el ángel: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo. Los Papas han profundizado en el mensaje contenido en los pocos datos transmitidos por los Evangelios para destacar su papel central en la historia de la salvación: el beato Pío IX lo declaró “Patrono de la Iglesia Católica”, el venerable Pío XII lo presentó como “Patrono de los trabajadores” y san Juan Pablo II como “Custodio del Redentor”. El pueblo lo invoca como “Patrono de la buena muerte”.

Por eso, al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara Patrono de la Iglesia Católica, quisiera -como dice Jesús- que “la boca hable de aquello de lo que está lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana.

Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes -corrientemente olvidadas- que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad.

Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. Todos pueden encontrar en san José -el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta- un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. (Papa Francisco).

Cuando el Papa Francisco escribe sobre la paternidad en su Exhortación Apostólica sobre el amor en la familia, empieza por mencionar la tragedia de hoy, de “una sociedad sin padres”, donde “la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida”. Él dice, “El padre está algunas veces tan concentrado en sí mismo y en su trabajo, y a veces en sus propias realizaciones individuales, que olvida incluso a la familia”.

¿No es interesante que la primera manera en que Jesús reveló el amor de Dios Padre fue al venir y estar con nosotros?

Mateo nos dice (Mateo 1:21-23), “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: ‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel’, que traducido significa ‘Dios con nosotros’”.

Mateo también nos dice que las últimas palabras que Jesús habló a sus apóstoles después de su resurrección y antes de ascender al cielo fueron estas (Mateo 28:18-20): “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos …. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

Cuando el Papa Francisco habla del cuidado pastoral necesitado en la Iglesia por las personas en familias fracturadas, destaca la necesidad de estar con ellas, la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad”.

Es ilustrativo comparar este consejo paternal del Papa Francisco sobre el cuidado pastoral de las personas en “matrimonios irregulares” con lo que dice sobre la paternidad: “Dios pone al padre en la familia para que, con las características valiosas de su masculinidad, sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando están despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente, siempre”.

Un padre determinado a estar presente naturalmente cumple con dos aspectos claves de la misión y tarea de la paternidad: dar la vida y proteger. 

En una homilía dada a los sacerdotes, el Santo Padre dijo: “Todos nosotros, para ser plenos, para ser maduros, tenemos que sentir la alegría de la paternidad: incluso nosotros los célibes.

La paternidad es dar vida a los demás, dar vida, dar vida …” (homilía, 26 de junio de 2013). Como la repetición del Papa, “dar vida”, indica, esta esencia vivificante de la paternidad en una familia sólo comienza en el acto conyugal y la concepción de los niños.

Los niños a lo largo de sus vidas cuentan con un dador de vida paternal, que viene a ellos con preocupación, corrección, consejos, afecto y estímulo cuando el modo de vida es confuso.

La presencia determinada de un padre proporciona también el inestimable don de la protección en un mundo donde la batalla espiritual se presenta de manera obvia y sutil. Un padre debe estar comprometido a la protección de su esposa e hijos de todos los peligros, incluyendo sus propias debilidades. El Papa Francisco, que comenzó su pontificado, habló de San José como un fuerte protector y padre sincero. Él dijo, “…el custodiar requiere bondad, pide ser vivido con ternura.

En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. ¡No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura!” (homilía de inicio de pontificado, 19 de marzo de 2013). 

¡Qué victoria sería para la familia y la Iglesia si nosotros los padres estableciéramos nuestro rostro como pedernal para desarrollar las virtudes masculinas de tal manera que vengamos a ser hoy dadores de vida y protectores en una sociedad sin padres! Padres, se trata de una obra de arte que el mundo necesita.

Aun estando escondido del mundo como San José, tu Padre en el cielo que “ve en lo secreto” no olvidará tu compromiso de estar con tu esposa e hijos.

La figura de San José es señera en estos tiempos, y celebrarlo en este año no es solo recordarlo el 19 de marzo sino vivirlo y sentirlo como modelo de gracia y verdad. Que Nos bendiga, nos proteja y nos acompañe durante todo este año.

En esta pintura de la década de 1640 por el pintor francés Georges de Latour, San José, patrón de los carpinteros, trabaja a un rayo ante el Niño Jesús, que ya parece ver la madera de la cruz. (Dominio Público).

Fr. Edgardo Iriarte.




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