Martes 20 de Diciembre de 2016

Una luz que renueva todas las cosas

“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz:

sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz…
Porque un niño nos ha sido dado”
(cfr. Is 9,1.5).

REAVIVAR LA ESPERANZA

Gracias a la luz que nos viene de la fe los creyentes podemos ver y valorar la realidad que acontece con una mirada realista y esperanzada a la vez. Así, no podemos negar en nuestra patria signos y síntomas de desaliento y desánimo, de agresividad y violencia, de corrupción e injusticia que se entrelazan y conviven con gestos y acciones de rectitud y honestidad, generosidad y grandeza, aunque estas últimas, tal vez, no sean primicia mediática pero sí auténticas y humildes realidades que sostienen el complejo entramado social permitiendo que sigamos adelante en medio de los obstáculos.

Por eso mismo, en la certeza y confianza que nos da la misma Palabra de Dios “La esperanza no defrauda” (cfr. Rm 5,5) y “la esperanza vence al miedo” (cfr. I Jn 4, 17-18) los cristianos estamos llamados, en esta Navidad, a renovar la esperanza. Ella nos alienta y conforta animándonos a luchar tanto con paciencia como con valentía para superar contrariedades, problemas y crisis trabajando por un mañana mejor hasta alcanzar “un cielo nuevo y una tierra nueva” (cfr. Ap 21,1).

Pero para poder reavivar la esperanza, entre tantas voces y “ruidos” que escuchamos a diario en medio de las fiestas no dejemos de buscar en nuestra vida cotidiana, en medio del ajetreo y la vorágine del final del año, espacios y momentos de silencio para ponernos en oración a la escucha de la verdadera Voz, la Palabra de Dios, que nos inunda con su luz, nos purifica interiormente, nos inflama en la caridad y nos alienta en el seguimiento y el testimonio del Señor Jesús.

Como padre de esa familia que cada diócesis está llamada a ser, los invito a tomarnos la tarea espiritual de implorar y regenerar en nuestro interior la virtud de la esperanza para poder ser sus mensajeros y testigos en medio de nuestros hermanos ¡Que hermosa misión la de animar y alentar a vivir en la esperanza!

FORTALECER LA UNIDAD

Uno de los dramas de nuestro mundo globalizado es que, a pesar de esa interconexión que permiten las nuevas tecnologías comunicativas y las redes sociales, persisten la indiferencia y la soledad, las distancias del odio y de las guerras. Una problemática de nuestra sociedad argentina son las llamadas “grietas” que se profundizan, las diferencias que se ahondan y, una tentación permanente para nuestras familias y toda comunidad es siempre la de la división o la falta de unidad.

El Santo Padre Francisco ha desarrollado todo un verdadero magisterio sobre la “cultura del encuentro” como posibilidad de diálogo, entendimiento y convivencia ante las diferencias y enfrentamientos. Debemos plantearnos seriamente cómo aplicarlo concretamente en nuestra sociedad, en nuestras familias y en cada una de nuestras comunidades.

En nuestra diócesis hemos querido en este año ofrecer la Iglesia como un espacio para el diálogo y la amistad social, en esa tarea seguiremos empeñados sumando a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sea cual fuere su creencia y convicciones religiosas, políticas e ideológicas, porque tenemos la certeza que es más lo que nos une que aquello que aún nos separa.

La Navidad nos llama a redescubrir la unidad de todo el género humano, la salvación se ofrece a todos los hombres y a todos los pueblos. Al celebrar esta fiesta tengamos presente esta dimensión insoslayable del misterio cristiano que nos va transformando a nosotros también en hombres y mujeres de comunión en la Iglesia y en el mundo.

Por esto mismo, en cuanto pastor de este rebaño del pueblo santo de Dios que se me ha confiado, los exhorto y convoco a ser  verdaderos trabajadores y constructores de amistad social, de unidad y de paz, mediante el diálogo y la compasión, tanto en las familias quebrantadas, como en los ambientes eclesiales, como en el conjunto de la sociedad. La debilidad de los vínculos heridos, el riesgo del enfrentamiento y la tentación de la desunión son posibilidades siempre al acecho. Como hermano, amigo y vecino les pido que nos esforcemos incansablemente –tanto en la sociedad como en el seno mismo de la comunidad eclesial- por lograr la complementariedad y la armonía ante la fragmentación y la dispersión. ¡No podemos dejar que gane el fantasma de la división!

ALENTAR LA MISERICORDIA

Acabamos de culminar un año santo jubilar de la misericordia. Él nos ha hecho redescubrir la centralidad de esta misericordia en la vida del mundo y de la Iglesia. A la vez, debe ser el comienzo -permítanme la vehemencia- de una auténtica “era de la misericordia”. Nada ha terminado con el jubileo, se trata más bien, de un nuevo inicio, de un recomenzar. Se nos ha señalado todo un camino de aplicación y concreción  del Evangelio muy práctico: las obras de misericordia que deberán ser actualizadas y practicadas de manera creativa a las tan diversas situaciones y circunstancias del mundo actual. Ellas nos recuerdan lo único definitivo que vale verdaderamente la pena. ¡Ahí está la hermosa tarea y desafío de vivir hoy el mandamiento nuevo y eterno del amor, corazón del Evangelio y de nuestra fe!

Al hacer memoria de este año en el que me encuentro entre ustedes como obispo de la santa Iglesia que peregrina en Nueve de Julio, les propongo recorrer un camino pastoral en comunión con la Iglesia universal avanzando y perseverando por las sendas de la misericordia. Ella, hoy por hoy, es la clave de interpretación y la norma de vivencia del Evangelio. Ella transforma nuestra mente, nuestro corazón y nuestro estilo de vida. Ella da nueva forma a la evangelización, la misión y el apostolado eclesial. Ella, finalmente, es la respuesta y el remedio para este mundo enfermo por el odio, el rencor, el cinismo, la corrupción e iniquidad que dejan a tantos hombres heridos y tirados al borde del camino.

Repasando con mirada orante de este primer año de servicio episcopal entre ustedes, en el cual no han faltado tanto las luces como las sombras, canto las maravillas obradas por la gracia del Señor entre nosotros al mismo tiempo que imploro su infinita misericordia sobre nuestras miserias, faltas de testimonio e infidelidades.

Vuelvo a proponer y encomendar como prioridades pastorales -así lo hacía al asumir este encargo pastoral hace un año- que trabajemos unidos como Iglesia particular por las familias, los jóvenes y los pobres.

Debemos trabajar para fortalecer los vínculos de comunión en nuestros hogares, más allá de las heridas y vulnerabilidad de los lazos en tantas familias. Que en esta Navidad podamos superar todas las formas de violencia familiar, especialmente la violencia hacia la mujer que avergüenza y lástima a tantos hogares. Que ningún niño y joven se sienta solo por la indiferencia y el egoísmo de los mayores que lo exponen a la búsqueda de falsas compensaciones en el alcohol y las drogas. Que la Iglesia, el estado y toda la sociedad puedan tener una mayor presencia entre los barrios más pobres y postergados.

La luz de la fe se asoma y llega al mundo entero por la puerta siempre abierta de la misericordia que se manifiesta, especialmente en este tiempo, en el Pesebre de Belén. Imploremos confiada, humilde y fervientemente que esa luz llegue a nuestra diócesis, a la Iglesia y al mundo entero que tantas veces camina y se debate en medio de la oscuridad. ¡Así seremos verdaderamente el pueblo que se deja iluminar por la luz de la Navidad y, transparentando esa luz, ayudaremos a salir a los demás de cualquier tipo de confusión y  disiparemos las tinieblas de la tristeza y la desesperación, del odio, la división y la violencia, de la indiferencia, la falta de compasión y de amor!
Pidiéndoles que recemos mutuamente, deseándoles feliz navidad, los bendigo de corazón.

Ariel Torrado Mosconi
Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio

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